1. El inicio de una nueva era

 San Ignacio, por Javier Yep.

San Ignacio, por Javier Yep.

Año 2015. Inicio de una nueva era. Atrás queda un largo período de incertidumbre. Tarde o temprano el cambio llega y se abre el horizonte de la comprensión. Encontramos el camino, nuestro camino.

La clave de la transformación fueron los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que constituyen, por lo tanto, el punto de partida de mi relato. Su relevancia no puede minimizarse.

Inicié los Ejercicios Espirituales Ignacianos (EE a partir de ahora) en febrero de 2015. Vistos en perspectiva, hoy sé que fueron una etapa clave en mi vida y que me permitieron desarrollar una claridad mental que me ha iluminado desde que los finalicé. Les dedico, por ello, éste y el próximo capítulo.

Hay mucha información en internet (además de una extensa bibliografía) acerca de qué son los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Por esta razón no voy a hacer una descripción objetiva ni histórica de ellos. Únicamente voy a comentar de forma breve qué han supuesto para mí, cómo han influido en mi vida y a dónde me han llevado.

Los EE completos se llevan a cabo en retiro a lo largo de un mes (dividido en cuatro semanas), pero también se pueden hacer en la vida diaria, con el compromiso de reservarles un tiempo cada día (en torno a una hora). Mis EE se desarrollaron en la vida diaria y duraron un año y medio. Fueron, además, personalizados, es decir, tuve un acompañante, un sacerdote jesuita a quien estoy muy agradecido por su dedicación. Me reunía periódicamente con él (una vez a la semana, en promedio). El acompañante es una figura cuyo cometido es ayudar en el discernimiento y proponer las etapas del proceso. 

Los EE son un viaje desde uno mismo hacia uno mismo. Uno parte de su propia realidad y regresa finalmente a ella, pero transformado, con una visión nueva. En medio se ha producido un largo viaje lleno de sorpresas y descubrimientos. (*)

Cuando inicié los EE me encontraba en un estado de completa confusión. El problema de la realidad del mal me hacía dudar seriamente de la existencia de Dios (me movía entre la duda y la negación), pero la fuerte atracción que sentía hacia la figura del Jesús histórico me permitía, mal que bien, mantenerme en el frente de batalla, por así decir. Mi experiencia de muchos años en otros campos de la espiritualidad (esencialmente en el hinduismo) también tenía una presencia notable en medio de ese estado caótico de incertidumbre.

Las preguntas flotaban en el ambiente y en mi mente: ¿Qué creer?, ¿qué descartar?, ¿hacia dónde ir?, ¿qué método desarrollar?

El proceso que viví durante los EE me dio el discernimiento suficiente para que se materializaran respuestas claras a esas preguntas.

Las herramientas básicas contenidas en el libro de Ejercicios Espirituales de San Ignacio (las utilicé profusamente durante el proceso de ejecución de los EE) fueron de un valor que difícilmente podría exagerar. Entre estas herramientas hay que destacar las siguientes, mencionadas no en orden de importancia:

  • Una actitud de indiferencia o desapego hacia todas las situaciones que se presentan, sean buenas o malas, nos permite fundamentar nuestra vida en aquello que para nosotros tiene un valor supremo. Amarrarnos a una realidad superior que nos transciende facilita la paradoja de sentirnos cercanos a todas las cosas al tiempo que ponemos una sana distancia entre ellas y nosotros. La indiferencia comienza por nosotros mismos, pues la fuerza que genera en nuestra alma nos permite alejarnos de las preocupaciones excesivas sobre nuestra propia vida. Puesto que soy parte del Ser Superior, todo lo demás, nimio o importante, pasa a un segundo plano. La indiferencia es una actitud positiva que permite colocar cada cosa en su nivel de prioridad, siendo Dios la prioridad suprema. El complemento necesario de la indiferencia es la compasión. Si no hay compasión, la indiferencia se torna frialdad y distancia.  Si no ejercitamos una sana indiferencia las preocupaciones y dificultades pueden ahogarnos (así como las alegrías y los éxitos pueden emborracharnos y dormirnos). 
  • En el trato con los demás asumimos que la persona que tenemos ante nosotros actúa de buena fe. Esta suposición facilita el diálogo y permite que las relaciones fluyan. Es un punto de partida que aceptamos desde el realismo, con el objeto de liberarnos de prejuicios y construir puentes. 
  • El examen diario permite revisar en qué aspectos fallamos y en cuáles mejoramos. En el examen nos enfocamos esencialmente en todo aquello que sentimos cuando nos enfrentamos a las diferentes situaciones. No es solamente lo que hacemos o decimos o pensamos durante el día, es sobre todo cómo respondemos emocionalmente a todo lo que nos encontramos, a todo lo que vivimos. Dios me dice algo a través de mis sentimientos, a través de las sensaciones sutiles que percibo en mi interior. Ante una situación específica quizás sienta una sensación (un ruido interior, por decirlo de forma gráfica) que me está indicando que hay un desajuste que debo observar y resolver. El examen genera una gran claridad. Ilumina aspectos de la vida que de otra forma seguirían en sombras.
  • La puesta en práctica de reglas de discernimiento posibilita distinguir con precisión de dónde proceden los movimientos de nuestra alma. Las sensaciones de consolación (los buenos sentimientos de alegría, gozo, etc) y las de desolación (la inquietud, el desánimo, la desesperación, etc) nos están indicando algo. Nos dicen que estamos siendo objeto de un engaño o quizás nos estén impulsando a hacer el bien. Las reglas de discernimiento nos permiten identificar lo que se está moviendo en nuestro interior, situarlo en un contexto apropiado y tomar una decisión correcta. 
  • Las diferentes reglas para ordenarse proporcionan maneras de organizar nuestra vida para centrarla en lo fundamental y alejarla de los excesos. El desorden en mi vida produce ruido en mi mente. Cuando me ordeno se generan claridad y lucidez. Estas reglas pueden aplicarse en todas las situaciones y nos permiten crear patrones de organización que constituyan la base del crecimiento interior. 
  • Los diversos procedimientos para la toma de decisiones facilitan que estas últimas sean las correctas en todos los ámbitos de la vida. Uno de los procedimientos más simples y más efectivos, a mi entender, se basa en observar qué sentimos cuando anticipamos el resultado que produciría tomar cierta decisión. ¿Me siento consolado y feliz? ¿Me transmite paz y sosiego? Por el contrario, ¿me siento inquieto y triste? ¿Creo que Dios me está diciendo algo a través de mis sentimientos sobre aquello que tengo que resolver? ¿Me está indicando el camino a seguir, la decisión que debo tomar?

En el capítulo siguiente describiré las consecuencias fundamentales que se han seguido en mi vida a partir del uso que hice de estas herramientas en el proceso de los EE.


(*) Es como una de esas órbitas de las Ecuaciones Diferenciales (hablo de Matemáticas), llamadas órbitas homoclínicas, en las que la trayectoria parte de un punto y regresa de nuevo a ese mismo punto después de un viaje a través del espacio de fases. (La analogía no es perfecta pues en las órbitas homoclínicas la salida del punto y el posterior retorno a él se producen ambos en tiempo infinito, pero creo que es una metáfora muy gráfica).