2. Ejercicios espirituales ignacianos

En este capítulo comento brevemente mi experiencia con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, concluyendo así la descripción que inicié en el capítulo anterior.

La ejecución de los EE me condujo a una transformación radical de mi forma de ver y concebir ciertos aspectos esenciales del universo cristiano y, en general, de la vida espiritual. Esta transformación de hondo calado se produjo en forma de cuatro cambios sucesivos. Cada uno de ellos constituyó una experiencia de profunda liberación.

Primer cambio: El abandono del modelo antropomórfico de Dios.

La primera luz que se me encendió durante el proceso de los EE fue la comprensión de cuán inadecuado era concebir a Dios en términos humanos, es decir, a través de metáforas construidas con piezas elaboradas a partir de la experiencia humana. El modelo antropomórfico de Dios era una de estas grandes metáforas y comprendí enseguida la necesidad urgente de abandonarla. (En el capítulo 3 hablo más extensamente de la necesidad de actualizar nuestro concepto de Dios).

A medida que mi imagen de Dios se alejaba del antropomorfismo e iba acercándome más a un Dios sin atributos, más me alejaba al mismo tiempo del Jesús terreno y más me aproximaba al Cristo Cósmico (la inteligencia universal de Dios, la realidad última, manifestada por Jesús de Nazaret y otros grandes Maestros).

Necesitaba de hecho soltar al Jesús de la Historia y aferrarme al Cristo Cósmico. Había permanecido durante mucho tiempo muy apegado al Jesús histórico. Sin embargo, también es justo decir que ambas dimensiones, humana y cósmica, cada una en su contexto, fueron fundamentales en mi experiencia y trayectoria espiritual desde mis primeros años de búsqueda.

Surgió, pues, la necesidad de superación de la dimensión histórica, terrena, temporal, de Jesús, y de evolucionar hacia la infinitud del Cristo Cósmico. El encuentro con Dios en su dimensión cósmica, vacía de atributos humanos, de factores históricos, significó una inmensa liberación.

Ese proceso de soltar al Jesús terreno y abrazar al Cristo Cósmico constituyó un salto a lo desconocido, pues el Jesús de la Historia fue siempre una referencia de mi vida muy arraigada y familiar. Pero era ya tiempo de iniciar un viaje hacia el Cristo Cósmico, un viaje desde el Dios terreno al Dios transcendente, y, desde esa trascendencia, regresar finalmente a la realidad cotidiana para descubrir mi propia situación en el mundo ordinario.

Ante ese Océano de Luz, ante el Cristo Cósmico, mi entrega se hizo total, sin reservas, pues estaba en la presencia intuida del Dios despojado de todos los atributos que lo limitan.

Sentía que el Cristo Cósmico me sobrepasaba; era una infinidad, un océano sin límites, del cual apenas lograba vislumbrar nada. Sin embargo, esto encerraba también una promesa maravillosa y prodigiosa: La iniciación a lo desconocido, a algo inmenso que apenas podía llegar a imaginar pero cuya bondad intuía. Era la apertura a lo bueno, a una oscuridad (por desconocida, no por negativa) de la que emergía la luz de la bondad absoluta.

La confianza radical en Dios me permitía despojarlo de todos los atributos que convencionalmente le imputamos. Las metáforas no son más que envoltorios con los que tratamos de envolver lo infinito. Si nos desprendemos de esos envoltorios de metáforas e imágenes, es decir, del exceso de lenguaje, contemplamos una inmensidad desconocida, un abismo ignoto, pero cargado de luz y bondad.

En suma, durante esta primera etapa de EE me hice plenamente consciente de la limitación de las metáforas y de la necesidad de abandonarlas. Esta época fue para mí un tiempo de soltar las imágenes de Dios. Éstas satisfacían sin duda una necesidad humana, pero la búsqueda de Dios desnudo, sin atributos, constituía para mí un desafío irrenunciable.

El puerto de llegada de esta primera parte de EE fue Dios, solo Dios. Todo lo demás dejó de existir.

En esta etapa se produjo en mi vida una profunda convergencia con Kriya Yoga y la meditación. Ambos procesos, Kriya Yoga y los EE, se hicieron uno en mi vida. (En el capítulo 5 explico muy someramente qué es Kriya Yoga).

Segundo cambio: El cambio de significado de lo que es la sombra.

La sombra, el pecado (en lenguaje cristiano), no es pensar en sexo, por poner un ejemplo gráfico, sino el dolor que causamos a los demás, o el bien que dejamos de hacerles. El amor constituye por lo tanto la medida que permite discernir qué es y qué no es pecado.

Dios es un ser infinitamente complejo (v. cap. 3). Muy poco podemos comprender de él. Aunque desde el punto de vista de la inteligencia resulte inabarcable, el amor que nuestra alma siente por él constituye un puerto de acceso a su ser. Y ese amor se refleja en el amor al prójimo, como dice San Juan:

Quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor. (1 Jn 4:8).
Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. (1 Jn 4:20).

Porque amo a Dios, puedo amar a mis semejantes. El amor a Dios es la causa del amor al otro, y no al contrario.

Dios ya no es aquel desconocido a quien solo puedo amar a través del amor al otro. Ahora es justamente el amor a Dios lo que me abre al amor a mis semejantes. Dios es un ser infinitamente amoroso, objeto ineludible de mi amor. No me siento juzgado por él. Me siento amado. Cuando despojo a Dios de sus atributos, cuando lo deshumanizo, es inevitable que me enamore de él. El amor que fluye desde ese enamoramiento se desborda e inunda a mis semejantes. El amor sana la sombra.

En esta segunda etapa de los EE se vació por completo mi concepto de la sombra. Es inconcebible que un Dios infinitamente complejo, desprovisto de atributos humanos, y siendo el amor la vía privilegiada de acceso a su presencia, se ofenda por mis neurosis o por mis deseos desordenados.

Tercer cambio: Convergencia entre mis más profundos deseos y los deseos de Dios.

Mis más hondos y profundos deseos caminan en la misma dirección de lo que Dios desea para mi vida. Los deseos de Dios armonizan con mis mejores deseos. Las reglas de discernimiento de San Ignacio resultan ser aquí un instrumento extraordinariamente valioso, pues nos permiten distinguir con claridad la naturaleza de nuestros deseos.

El seguimiento de Dios jamás implica la negación de mis propios deseos. En esta etapa de los EE llegué a comprender que es todo lo contrario: Dios desea para mí lo que yo deseo para mí desde mi ser profundo. Puedo intuir los deseos de Dios discerniendo mis propios deseos, mis deseos más hondos e intensos. Es la comprensión de que lo que yo deseo profundamente es lo que Dios siempre ha deseado.

En esta tercera etapa de los EE abracé toda forma de pensamiento positivo. Dejé definitivamente fuera de mi vida la oscuridad y el derrotismo, el autocastigo y la autonegación. Abracé mis deseos y busqué a través de ellos los deseos de Dios.

Cuarto cambio: Comprensión de que el mal no procede de Dios, ni activa ni pasivamente.

La clave de esta cuarta y última etapa de los EE fue el reconocimiento de la bondad infinita e incondicional de Dios.

Ante la existencia objetiva del mal resulta difícil entender en qué sentido Dios es bueno. De hecho, resulta difícil entender incluso la mera existencia de Dios.

Contemplé el sufrimiento y el mal, sin que se produjera ninguna respuesta. Sólo hubo silencio. Ante el sufrimiento, un silencio confiado, un silencio a la espera de alguna intuición, de alguna luz.

La nueva comprensión nació en el momento en el que fui consciente de que nada es lo que parece. La perspectiva cristiana es solo una aproximación, quizás muy lejana, de lo que quiera que haya ahí detrás, de lo que quiera que sea aquello que se oculta tras el velo de la apariencia y que no es sino un profundo misterio.

Sentí la necesidad, por lo tanto, de salir de lo convencional y de entrar en un terreno desconocido. Tuve que abrirme al misterio, a lo no aparente. Tuve que poner en cuestión los modelos tradicionales.

Percibí en este estadio algo inmenso, extraño, que me sobrepasaba por completo. Tuve la intuición de que todo sucede por algo, de que todo está sujeto a algún tipo de orden; de que todo tiene, en definitiva, un sentido, aunque no alcance a percibirlo.

Tratar de penetrar el problema del mal recuerda la metáfora de las hormigas tratando de entender la autopista junto a su hormiguero (hablo de esta metáfora en el capítulo 3). Dios es, como decía antes, un sistema de complejidad infinita. Es como un cerebro que estuviera dotado de infinitas neuronas. Yo soy un ser de complejidad finita. No comienzo siquiera a vislumbrar lo más elemental de la existencia del Ser Infinito. Por eso puedo confiar en que todo está ordenado, aunque ahora no entienda nada de lo que se oculta detrás de ese orden.

La intuición de la existencia de un sentido último implicaba el reconocimiento de la bondad radical de Dios.

Anteriormente, en una época pasada de mi vida, la existencia del sufrimiento y del mal causó que mi fe se tambaleara y desapareciese. En esta nueva etapa pude contemplar serenamente su existencia. El sufrimiento debe tener un sentido. Llegué a la certeza de que existe un orden implícito aunque desconocido para mí. Probablemente ese sentido y ese orden tengan su fundamento último en las ideas hindúes del karma y de la reencarnación. Ésa es la comprensión que alcancé en esta etapa final.